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José de San Martín, la tormenta que lleva al puerto

Se cumplen 169 años de la muerte del Padre de la Patria. Es el día de San Martín, como lo instituyó el Decreto 26.129 del 2 de agosto de 1933, a propuesta del recién creado Instituto Sanmartiniano. El recuerdo de los últimos días del Libertador.

Monumento ecuestre a San Martín en el barrio porteño de Retiro.

El general José de San Martín estaba radicado en París desde 1830. Tras un largo período de paz, en febrero de 1848, estalló en la capital francesa la revolución que contagió a la mayor parte de Europa. Se produjeron levantamientos en distintos países y estallaron varias guerras. El 24 de febrero, cayó el “rey de los franceses”, como se llamaba a Luis Felipe, y al día siguiente se proclamó la República. El caos se apoderó de Francia y San Martín temió que culminara en una guerra civil.

Nuestro héroe era un hombre de orden; en su correspondencia de esa época criticaba duramente el accionar de los clubes revolucionarios, de los socialistas y de los comunistas, mientras exaltaba los valores fundamentales de la religión, la familia y la propiedad, en lo que coincidía con la encíclica Quipluribus, promulgada por el Papa Pío IX a fines de 1846.

San Martín quería evitar a su familia los males de la guerra civil que preveía que estallaría, por lo cual, el 16 de marzo, se alejó de París con destino a Boulogne Sur Mer, con la intención de pasar a Inglaterra. Pero la situación se estabilizó en Francia y entonces decidió permanecer en ese país, en la ciudad portuaria. En efecto, en mayo, el ministro de Guerra, general Louis-Eugène Cavaignac, tomó las riendas del Ejército para reprimir a los revoltosos. Entre el 22 y el 26 de junio, llevó a cabo una campaña militar en París y, tras intensos combates, restableció la paz. La lucha dejó más de 2.000 muertos, entre ellos, 7 generales y el arzobispo.

El Libertador seguía atentamente la situación, tanto la de Europa como la de su patria, y así recibió con alegría la noticia de que Gran Bretaña había puesto punto final a su agresión a la Confederación Argentina con la firma del tratado Southern-Arana el 29 de noviembre de 1849, y los británicos habían desagraviado el pabellón nacional. También se enteró de que las negociaciones con Francia para terminar con su intervención, por lo que él tanto había bregado, estaban avanzando, aunque no llegó a conocer su fin, porque el tratado Arana-Lepredour recién se firmaría dos semanas después de su muerte.

El 13 de agosto de 1850, San Martín sufrió fuertes dolores provocados por su enfermedad. Los soportó con gran estoicismo y dijo a su hija con una sonrisa: “C’est l’orage qui mène au port” (Es la tormenta la que lleva al puerto). El 17 se levantó sereno, se instaló en la habitación de su hija y pidió que le leyeran los periódicos: no obstante estar casi ciego por las cataratas, quería mantenerse informado. Pero, a partir de las 2 de la tarde, su estado se agravó y dijo a Mercedes: “Ésta es la fatiga de la muerte”. A las 3 en punto, entregó su alma al Señor.

Es probable que en sus últimos días, San Martín haya repasado los hitos principales de su vida al servicio de su patria:

– Su decisión, en la sitiada Cádiz de 1811, de regresar a su tierra natal, que explicaría nueve años más tarde, en su despedida de los habitantes de las Provincias Unidas del Río de la Plata al emprender la expedición al Perú: “Supe la revolución de mi país y al abandonar mi fortuna y mis esperanzas, sólo sentía no tener más que sacrificar al deseo de contribuir a la libertad de mi patria”.

San Martín decidió ir al exilio para ser fiel a su juramento de no desenvainar su sable contra sus compatriotas por razones políticas .

– La concepción de su Plan Estratégico Continental: actuar sobre el centro del poder realista en América del Sur, el Virreinato del Perú, a través de una operación anfibia que partiera de Chile.

– La organización de su ejército; el planeamiento y la perfecta ejecución de la Campaña de los Andes, y su culminación victoriosa en Chacabuco y Maipú, con lo que consolidaba la emancipación nacional, daba la independencia a Chile y preparaba la libertad del Perú.

– La entrevista de Guayaquil con Simón Bolívar y, al no poder ponerse de acuerdo con éste, su renuncia, en un gesto de sublime abnegación, para dejarle el campo libre a fin de que completase la gran obra que él había iniciado.

– Su decisión de marchar al exilio, para ser fiel a su juramento de no desenvainar su sable contra sus compatriotas por razones políticas.

– Su regreso frustrado a su patria en 1829, al encontrarla nuevamente sumida en la guerra civil, y su largo exilio en Europa. Él, que había tenido en sus manos los destinos de tres naciones, que renunció a encabezar los partidos que se enfrentaban ferozmente, que rechazó cargos diplomáticos, vivió una vida recogida y solitaria, pero sin desentenderse de la situación argentina, convirtiéndose en un embajador oficioso y defensor de sus intereses ante las grandes potencias.

Seguramente en todo eso pensó. Y sus compatriotas tenemos la obligación de recordar todo lo que hizo, todo lo que le debemos, porque por eso está en el bronce. Y sabemos que estos bronces sirven para rescatar del olvido a los grandes hombres, porque el metal es más duradero que el frágil recuerdo humano, y nos permite enseñar a las generaciones del porvenir lo que han significado y siguen significando estas grandes figuras de la historia.

(*) Diego Alejandro Soria es general de Brigada y veterano de la Guerra de Malvinas perteneciente al Instituto Argentino de Historia Militar.

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